La vida es un conjunto de sucesos aleatorios que marcan nuestro camino.
Hoy, la lluvia parecía ser nuestro principal enemigo.
El único elemento altruista e imprevisible que podría dejarnos en el dique seco.
Teníamos prevista la salida desde horas antes.
Justo en el momento de partir, recibo un mensaje de mi compañero de fatigas.
-“La lluvia cae sobre mi palacio, abortamos la salida, hoy toca rodillo.”
Con estas duras palabras Mosquito tuvo que enfrentarse a la dura realidad.
Ya disfrazado de Vikingo, con el corcel engalanado, ¿qué debía hacer?
Por un momento pensó en salir solo, a la aventura, ante el riesgo de una lluvia monzónica imprevisible.
Pero ese momento duro un segundo.
Que digo, no llegó ni al medio segundo.
Su siguiente opción era espatarrarse en el sofá y gozar de una merecida siesta.
Pero cuando se disponía a tumbarse en la posición del perezoso, recibió otro mensaje de su camarada Vicente.
-“Ya no llueve en mi Palacio, ¿salimos?.”
Como un muelle que se escapa de su alojamiento y sale disparado como una flecha, Mosquito pegó un brinco y cayó sobre la grupa de su jamelgo.
En menos de un segundo ya había contestado al mensaje de Vicente diciéndole que por supuesto.
Así que salimos, rodamos, charlamos y gozamos de una salida base tradicional que casi nos perdemos.
Lo que pudo arrebatarnos la lluvia no tiene precio.
Por suerte, somos tozudos y no nos dejamos amedrentar fácilmente.
Un jabalí en la carretera de las Carpas fue el último animal que nos vio esa noche con vida.
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Menos mal que somos tozudos.
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