Y es que nuestro adolescente interior pretende reventar los cronos, ascender a las cumbres imposibles y tirarse por barrancos sin fondo.
Pero nuestro hombre maduro, sensato e intelectual, el que vive dentro de nuestro mejunje de huesos, carne, sangre, ese ser con capacidad de raciocinio, nos dice lo contrario.
Nos pide, nos suplica, nos implora que salgamos a disfrutar, a divertirnos.
Sin correr, sin prisas, sin estress, sin cronómetro, sin metas de adolescente.
Y así es como, un día más, en esa encrucijada mental, uno adopta el camino más sensato.
Hoy surcamos Esparta en modo madurez intelectual.
Dejando atrás al yo impulsivo, al que se pica con su propia sombra, al prisero que nunca tiene suficiente.
Así gozamos de una nueva ruta sin excesos, sin sufrimientos.



